Tras estas reflexiones breves y necesarias, volvamos al frente argentino de la gigantomaquía. Quiero decir, a la amistad y a la conversación entre Guthmann y Cortázar. Tengo en ello interés, porque Rayuela, más aún que los grandes films de esa época, mostró a mi generación (la que maduró en los años 60) lo que se podía esperar de una conversación, y porque en cartas inéditas Julio dijo que pensaba en Fredi cuando escribía las largas pláticas de Rayuela. Y fue Fredi quien llevó a Julio a los bailongos en que éste modeló "Las puertas del cielo," el cuento más hermoso de Bestiario. Aquí, entonces, el poema que Cortázar escribió en Roma, en setiembre de 1953, y que dedicó a Fredi Guthmann. Fue publicado en el libro ya citado, La gran respiración bailada, como envoi.

Un canto italiano

A Fredi Guthmann

El presente como un cuarto de estucos y tapices, con muros
falsamente profundos para ojos que consienten.
La puerta, ahí, y también una ventana.
¿Cuál devuelve al pasado, cuál contiene el futuro?
Esta columna socavada sabe más
pero no cede su lenguage de ceniza
como si para abrirse paso de la moldura cruel
nos fueran necesarias otras manos que estas pobres
sostenedoras de manzanas y cuchillos.

¡Identidad, reunión! ¡Oh exilio hermoso!
Es dulce este divorcio que nos quema despacio
y luchar con el tiempo sigue siendo
la luz en cada hoguera, la gracia en cada paso.
Barca al mar, ¡oh naranja colgando del azul,
brillo de peces contra lo profundo!
Veo en la ola un signo sin objeto, crece
como la muerte en cada fruta, ¡estruendo
de aire en pedazos! Quémate, cigarra,
nada transcurre mientras cantes, mientras
el día suspendido de tus élitros
sea una baya dulce de guitarras.

Doy nombre a cosas claras: este trozo
de pensar es Italia. ¿Qué presente
menos manchado de pared, menos opaco?
Esponja meridiana, calabaza sonora,
y en el continuo de las rutas, entre laureles rosa y piedras
este poroso ser, este instante que dura.

Entonces, que el desgarro del amor desahuciado,
la sandalia quemada por el viento, la noche
con todas sus estrellas pesando en las espaldas,
sean reunión. El grillo asoma,
se quiebra un mimbre. ¿Y esto fue, será,
o sólamente está ocurriendo? Mira,
bebe de cada fuente. En ti beben los muertos
y la sed del futuro. No te olvides
sin que un nuevo verano de gavillas
te dé el derecho de olvidar. Ni añores
los viejos años. Ellos duermen
en tu vigilia, y se despertarán como ese grillo
en la penumbra de tu sueño.
El aposento con estucos y tapices
cede al ser que lo habita, como cede la jaula
si su pájaro canta.

Roma, 1953: por ese entonces Fredi había vuelto de la India y abandonado la Guerra y la poesía. Emocionado por los palazzi romanos, las ruinas clásicas y la fresca caridad de una fuente en cada esquina, Julio exhorta a su amigo, le brinda, como Horacio (el poeta latino, no el héroe de Rayuela), consejos sobre el Tiempo, y le ruega con sentida retórica que no abandone su puesto, que no renuncie a la guerra por la Presencia, pues se puede alcanzar la victoria si "el pájaro canta".

La profusión de imágenes de Julio, nada horaciana por cierto, es síntoma de una época de altas velocidades y semiótica. El mar, por supuesto, y la barca, la ola, el pez brillante, la naranja colgando del azul, y además el río como camino que fluye, y los insectos del estío: el grillo, la cigarra con sus ecos de Platón y La Fontaine; la esponja, la calabaza, el mimbre. Imágenes todas de un viejo repertorio; incluso su imagen dominante del Tiempo, el cuarto o aposento de estucos y tapices, se encuentra, también como imagen del Tiempo y de la Eternidad, en Baudelaire, en La chambre double (Le Spleen de Paris). Justamente esa imagen nos permite echar un vistazo en la poética de Cortázar: estamos rodeados, encerrados, por paredes estucadas¾ millones de fragmentos de mármol unidos por el yeso de la conciencia¾ por tapices entretejidos con innumerables imágenes, quizá de la caza y del amor cortés¾ pero para los ojos disciplinados del poeta esas paredes son "falsamente profundas": que cante nomás, y lo múltiple, quién sabe cómo, cederá ante la unidad, lo fragmentario se tornará en reunión. Así podremos ganar la Guerra Occidental, y la Eternidad de Parménides será alcanzada de un modo que hubiera dejado atónitos a los eleáticos: agregando nuevas imágenes, las nuestras, más modernas, a las innumerables que ya nos miran desde los muros. Claro que esas nuevas imágenes no han de ser de la caza o del amor cortés, sino imágenes de multiplicidad y fragmentación, imagenes que expresen este hecho: que estamos rodeados de tapices y estuco, en un palacio atestado de tiestos y de ruinas. "Mira, bebe de cada fuente": canta por inspirada yuxtaposición, canta en collage. Poéticas tales, inauguradas en inglés por Eliot (y Pound) en The Wasteland, se basan en una confianza total en los poderos benéficos de la imagen. Quiero decir, la pura imagen, sin referente que la trascienda.

También los poemas de Guthmann muestran gran confianza en los poderes de la imagen, tal vez por eso Soler lo llamó surrealista. No sé qué hubiera opinado el poeta. Ni sé cómo Fredi respondió a las exhortaciones de su amigo en 1953; quizá diciendo: "No, Julio, lo veas o no, estás encerrado en ese cuarto de estucos y tapices: no hay camino que por imágenes nos lleve fuera de la imagen. El camino se encuentra en otra parte, es otro."

Trato de imaginar la reacción de Fredi, quince años más tarde, al leer La vuelta al día en ochenta mundos, muestrario de la poética del collage. Me inclino a pensar que Fredi se sintió agradecido y halagado al verse inscripto como "colector y pararrayos de piantados", "maestro", y "Shamán de la Avenida Santa Fe". Pero ¿qué habrá sentido al leer otros capítulos? Por ejemplo el llamado "What happens, Minerva?" Allí, en el margen, Cortázar recomienda Something Else Press, de Nueva York, especialmente a "aquellos latinoamericanos que todavía creen que John Coltrane, Ionescobeckett (sic), Jim Dine o Heinz Karel (sic!) Stockhausen son la vanguardia de algo, cuando los pobres no hacen ya más que sacarse las polillas del chaleco". En letra más grande, Cortázar recomienda ciertos "happenings" como realmente de vanguardia, actividades (dice) que, desafiando a los burgueses humanistas, "son por lo menos un agujero en el presente; bastaría mirar por esos huecos para entrever algo menos insoportable que todo lo que cotidianamente soportamos". Sus ejemplos: uno intitulado Lawful Dance, que "consiste en pararse en una esquina hasta que el semáforo pasa al verde, oportunidad en la que se cruza a la acera opuesta y se espera a que el semáforo pase otra vez al verde para nuevamente cruzar la calle, operación que se continuará mientras a uno le dé la gana". Otro: se toma el métro en la estación Vaugirard y se baja en la de Châtelet. Aún otro: se lee Le Monde mientras se pasea bajo las arcadas de la rue de Rivoli. Cortázar llama a estas últimas dos piezas de teatro y a sus autores dramaturgos. Luego nos hace un detallado elogio de un "concierto" por Philip Corner, "que consiste simplemente en destrozar un piano de cola en mitad de un escenario y rematar sus pedazos entre el público". Estas y otras actividades son, nos dice, "un terror necesario".

Creo que Fredi debe haber sacudido tristemente la cabeza, y tal vez recordado que André Breton en alguna oportunidad escribió que el acto artístico por excelencia es emprenderla a tiros con la gente. Pero ¿por qué es necesario el terror¾ Fredi se habrá preguntado¾ si no hay más que cantar como un grillo, una cigarra o un pájaro, para alcanzar la Presencia, la Unidad, la Reunión? No, claramente hay algo ahí que anda mal: el camino a través de imágenes, de imágenes de imágenes, imágenes sin nada detrás, imágenes que brillan con prestigio propio¾ ese camino lleva al terror, que no es el del idiota despedazando un Steinway, ni el de Breton aconsejando balear gente, sino el viejo terror del Tiempo Asesino y sus compinches, Moda y Tedio. En su frenesí por lo nuevo, los terroristas no se percatan que no están sino repitiendo a Baudelaire¾ "Plonger au fond du gouffre pour trouver du nouveau!"¾ e imitando servilmente a Rimbaud. Todo eso de vanguardismo, de una vanguardia devorando a la anterior, reduciéndola a chalecos comidos de polilla, para ser devorada, a su vez, por la que sigue: todo eso, ¿que és sino la misma escencia del Tiempo Asesino? ¿Entonces era ésa la victoria prometida? Me imagino que Fredi se haría estas preguntas, más y más tristes, allá por 1968.

Por esos años, si alguien le hablaba de publicar sus poemas, Fredi respondía: "Mon heure est passée". Eso me lo dijo Natacha, pero me pregunto si él lo decía en serio. Tal vez no quería pasar por las humillaciones, los jueguitos, las vergüenzas que tiene que soportar el que trata de publicar sus poemas, lo que es especialmente duro si el poeta ya no es joven. ¿O quizá quiso decir que todo poema pertenece estrictamante a un momento determinado, y que ya había pasado el de los suyos? En ese caso la poesía y el arte serían formas menores y paliduchas de la prostitución, porque si el Tiempo Asesino reina sobre todo, si ya no hay esperanza de Eternidad, la poesía es sólo un juego con símbolos, y éstos son sólo sombras de la carne, pobres sustitutos de la vraie vie, la vraie jouissance.

Fredi Guthmann murió en 1995; siento no haberlo conocido. O quizá sí lo conocí: por 1960 yo iba a menudo a la librería Galatea en la calle Viamonte, y como Félix Gattegno, el dueño, era amigo de Fredi, es probable que Fredi y yo nos dimos la mano y nos dijimos lo que se dice en esos casos. Yo era muy joven, y si Fredi me hubiera susurrado en el oído: "He proclamado una guerra demasiado vasta", creo que yo hubiera sonreído, tal como él había predicho. Más de treinta años después, habiendo leído sus poemas dactilografiados con cinta negra en grandes hojas, le aseguro ahora que nosotros, los de las generaciones que siguieron, no estamos apaciguados, no somos hermanos encauzados, no del todo, no aún. Hemos dejado la máquina de escribir y adoptado la computadora, nuestra estatura será mediocre, tal vez seamos enanos, pero la batalla entre los gigantes y los dioses, la gigantomaquía de la Presencia y el Ser sigue, feroz y sin tregua, y nosotros seguimos en la brecha. Aquí, al final, se me ocurre que el título de esta escaramuza pudo haber sido: "Rescatando al soldado Fredi Guthmann".

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